
Hay personas que pasan por nuestra vida dejando recuerdos. Otras dejan enseñanzas. Y hay unas pocas, muy pocas, que dejan una huella tan profunda que terminan convirtiéndose en parte de quienes somos.
Para mí, Don Remigio Cortés Palma fue una de esas personas.
Cuando pienso en él, no pienso primero en los premios, en los campeonatos o en el reconocimiento que merecidamente alcanzó a lo largo de su vida. Pienso en algo mucho más simple y mucho más grande: pienso en un verdadero hombre de caballos.
De esos auténticos.
De esos que ya casi no existen.
Siempre he creído que existía una especie de lenguaje secreto entre Don Remi y los caballos. Un idioma silencioso que no necesitaba palabras ni explicaciones. Él los comprendía de una manera que resultaba difícil de describir. Los observaba, los escuchaba y parecía saber exactamente qué necesitaban.
Por eso muchas veces lo imaginé como un auténtico susurrador de caballos.
No porque tuviera algún don mágico, sino porque entendía algo que muchos olvidan: que los caballos responden mejor al respeto que a la imposición, mejor al cariño que a la fuerza y mejor a la paciencia que a la prisa.
Los enseñaba desde el amor.
Los corregía desde la comprensión.
Y ellos parecían agradecerlo.
Había algo fascinante en verlo montar. Durante años observé sus manos trabajar sobre las riendas y siempre llegaba a la misma conclusión: Don Remi era un pianista.
Sus dedos largos y firmes se desplazaban sobre las riendas con una delicadeza extraordinaria. No había movimientos bruscos ni tensiones innecesarias. Sus manos parecían bailar con la misma sensibilidad con que un músico interpreta una pieza perfecta.
Cada dedo encontraba exactamente la presión necesaria.
Ni más ni menos.
La justa.
La indispensable.
Era como si las riendas fueran teclas y el caballo un instrumento vivo que respondía a cada nota.
Y entonces ocurría la magia.
No una magia espectacular ni ruidosa, sino esa magia silenciosa que sólo conocen quienes han dedicado una vida completa a comprender a los caballos.
Muchos lo conocieron como un extraordinario arreglador.
Yo lo conocí como algo mucho más grande.
Lo conocí como un maestro.
Y maestro en el sentido más profundo de la palabra.
Maestro por su maestría.
Pero también maestro porque enseñaba.
Porque compartía.
Porque entregaba.
Porque jamás guardó sus conocimientos para sí mismo.
En una época donde muchas veces el conocimiento se protege como un tesoro personal, Don Remi lo regalaba generosamente a quien demostrara interés genuino por aprender.
No enseñaba para lucirse.
No enseñaba para recibir reconocimiento.
Enseñaba porque creía que así debía hacerse.
Y quizás por eso tantos lo admiraban.
Porque sus lecciones no terminaban en la medialuna.
Eran lecciones para la vida.
Pero por sobre todas las cosas, Don Remi fue mi amigo.
Y no cualquier amigo.
Uno de esos amigos verdaderos que aparecen pocas veces en la vida.
Nunca me decía lo que yo quería escuchar.
Me decía lo que realmente pensaba.
Cuando había que felicitarme, me felicitaba.
Y cuando había que corregirme, también lo hacía.
Siempre con esa característica serenidad firme que lo definía tan bien.
Jamás levantando la voz.
Jamás humillando.
Jamás imponiendo.
Simplemente diciendo la verdad.
Y por eso sus palabras siempre tenían valor.
Me emocionaba especialmente verlo con mis caballos.
Adoraba a cada uno de ellos.
Más de alguna vez me dijo:
—Señora, hay algo especial en sus caballos. No sé exactamente qué hace usted, pero siga haciéndolo.
Y esas palabras me llenaban el corazón.
Pero si hubo un caballo con el que desarrolló un vínculo especial, ese fue mi querido Lindo Chico.
Verlos juntos era algo difícil de explicar.
Bastaba observarlos unos minutos para darse cuenta de que existía una conexión profunda entre ambos.
Lindo Chico lo buscaba.
Lo reconocía.
Confiaba en él.
Y Don Remi lo quería de verdad.
La última vez que estuvieron juntos fue particularmente especial.
Hoy, mirando hacia atrás, siento que ambos sabían algo que nosotros ignorábamos.
Fue como si se hubieran despedido en silencio.
Como si se hubieran dicho:
“Hasta que volvamos a encontrarnos.”
Siempre sentí que Don Remi tenía algo de centauro.
Y no lo digo sólo como una metáfora.
Lo sentía de verdad.
Cuando montaba, parecía transformarse.
Las piernas del caballo se convertían en las suyas.
La libertad de movimiento que las muletas le negaban en la tierra reaparecía completamente sobre la montura.
Y entonces desaparecían los límites.
Me recordaba a Quirón, el sabio centauro de la mitología griega, maestro de héroes y símbolo de conocimiento, nobleza y servicio.
Porque Don Remi también dedicó su vida a enseñar.
También dedicó su vida a formar.
También dedicó su vida a entregar.
Hoy se fue mi amigo.
Se fue mi ejemplo.
Se fue mi referente.
Se fue mi cómplice.
Y aunque la tristeza es inmensa, hay algo que permanece intacto.
La amistad.
Porque estoy convencida de que las amistades forjadas gracias a los caballos son distintas.
Tienen algo especial.
Algo profundo.
Algo que trasciende el tiempo y la distancia.
Por www.caballoyrodeo.cl